Sintiéndome Profeta En Mi Tierra: Crónica de los 42K Maratón Río Cuarto Corre 2014

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16 de Noviembre. La mañana amanecía despejada, quizás demasiado despejada, no había necesidad alguna de mirar el termómetro para saber de antemano que febo aumentaría las apuestas a medida que las agujas del reloj se alejen de la madrugada y se acerquen al mediodía. Condiciones ideales para un asado al lado de la pileta, pero no tan óptimas para quienes estábamos observando un reloj dar la cuenta regresiva hasta el cero, dando inicio a la primera edición de la Maratón Río Cuarto Corre. Start al Garmin, rodilla derecha catapultando los corredores hacia adelante

Pausa. No al Garmin, al relato. Volvamos al mes de Octubre. momento en que la carrera fue anunciada. Con la mente enfocada 100% en la Maratón Internacional de Buenos Aires, el anuncio irrumpió como un temblor en el medio de una apacible tarde de primavera: todo se movió, todo cambió de lugar. Prometiendo una carrera de 5K, una de 10K, el estreno de los 21K y por primera vez en la historia, un 42K sobre suelo riocuartense. Con el circuito de Buenos Aires aún por recorrer, las ideas empezaron a organizarse, las fechas alinearse y la pregunta comenzó a formarse: ¿Será posible correr dos Maratones con solo 5 semanas distanciándolas entre si? Pronto los signos de puntuación de desvanecieron, simplemente era algo que iba a tener que suceder. GPS interno recalculando, entrenamiento re-ajustado, y dispuesto a engañar a la madre de todas las distancias: corrí Buenos Aires pensando en Río Cuarto. Estuve con una pensando en otra, y no me sentí culpable en lo mas mínimo.

Ahora si, volvamos al instante anterior, saquemos a los corredores de ese instante congelado, porque si hay algo que un runner odia es un cronómetro en pausa.

Los corredores de la Maratón y la Media Maratón tuvimos la oportunidad de compartir largada y circuito, lo cual obligaba a pensar muy cuidadosamente la primera movida en el tablero de ajedrez que es la estrategia de carrera: ¿Quienes de todos los que tengo adelante paran cuando volvamos a pasar por el arco de largada, y a quienes tendré el gusto de perseguir durante una vuelta mas? ¿Estoy tratando de aguantar el ritmo de gente que hará solo la mitad de esfuerzo que yo? Las primeras interrogantes se resolvieron en poco menos de dos horas y tras 21 kilómetros, cuando la mayoría de quienes venían por delante pararon a reclamar su medalla y su bebida isotónica, y reconozco con cierto orgullo malicioso haber apretado a mas de un medio maratonista y haberlo dejado sin piernas sobre el final de su carrera… aún cuando para mí la carrera de verdad aún no comenzaba.

La primera mitad de la competencia fue relativamente entretenida, aguantando el ritmo, adelantando gente, saludando a las cámaras, hasta pude compartir kilómetros y conversación con un muchacho que, como no podía de ser de otra forma, me convenció de anotarme en otra Maratón para el 2015 (porque los corredores somos así de antojados, tenemos el si fácil para las inscripciones). Pero la segunda mitad ya no sería contra otros maratonistas, sería contra adversarios mucho mas complejos de enfrentar: el calor y la soledad.

Excepto que uno sea parte de los estudiantes del Dr. Xavier y pueda manipuar el clima para adornar la bóveda celeste con algunas nubes estratégicamente ubicadas que bloqueen los rayos solares, poco se puede hacer contra los embates del sol. Mitad de carrera, 32º de temperatura que anunciaban multiplicarse hasta los 36º para el momento de cruzar la meta, ataques permanentes, desgastantes, solo neutralizados momentáneamente y con botellas enteras de agua vaciadas sobre el cuerpo, los grados del termómetro continuaban su ascenso en forma implacable. La sensación térmica no tiene puntos débiles, solo se puede tratar de aguantarle la pelea hasta el último round.

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El segundo adversario fue una profunda, desconcertante y maravillosa soledad. Era esperable que la compañía se acabase pronto, los inscritos para la madre de todas las distancias éramos realmente pocos. Tras trepar el Puente Francisco Muñíz, apenas a metros de cruzar el arco de llegada que indicaba la primera vuelta para los Maratonistas, cuando la voz de los locutores y la música dejaron de vibrar en el aire, la vista era desoladora: ni un solo competidor a la vista. Hasta tan lejos como la vista de un corredor deshidratado puede enfocar, ni una sola remera blanca con vivos violeta, solo el asfalto recalentado, las sombras cada vez mas chicas y los vehículos cruzando un circuito que ya no tenía sentido mantener cortado. Afortunadamente, el panorama por detrás tampoco anunciaba zapatillas kamikazes dispuestas a pelear por una ubicación. Hasta David Copperfield estaría orgulloso de un truco de magia de tal envergadura: “nada por aquí, nada por allá, hice desaparecer 50 maratonistas!”.

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Nada. Cero. Nadie. Lo que hasta hacía instantes era una competencia con sabor a gloria, se transformó en kilómetros con sabor a entrenamiento. El clap, clap, clap de las zapatillas, el prip del Garmin marcando parciales, el dale-que-falta-poco en los puestos de hidratación, los vehículos cruzando esquinas como si nada (y quien podría culparlos, nadie en su sano juicio creería que eso era un evento deportivo); únicos compañeros durante 15 kilómetros intentando ignorar las piernas pidiendo un descanso, los dedos pidiendo clemencia, la garganta pidiendo agua y la mente pidiendo que alguien prenda la radio. Un silencio ensordecedor capaz de volver demente a cualquiera pero que en un corredor de largas distancias no hace mella: nadie en su sano juicio está pendiente de como cambian numeritos en la muñeca mientras corre y esquiva el tráfico durante mas de tres horas y media. Medio loco, pero concentrado, los kilómetros y los puestos de hidratación fueron pasando, acercándome a la meta.

Y faltando 7 kilómetros, algo me despertó de golpe. Allí adelante, lejos en la distancia, una remera roja en movimiento; y a su lado, una remera blanca en quietud. ¿Serán imaginarios, un falso oasis generado por mi mente para mantenerme en carrera? ¿O serán reales? Solo queda una cosa por hacer: ajustar el ritmo y alcanzarlos para comprobar semejante planteo. La remera blanca y en quietud se materializó rápidamente, pero la remera roja se hizo rogar un poco mas: ambas tangibles, ambas escondiendo el torso de competidores, ambas una posición mas que se trepaba en la clasificación al dejarlas atrás. Por delante, una musculosa negra asistida por un rodado, mucho mas cerca que las otras, de la soledad absoluta al surgimiento espontáneo de corredores, que maravillosa es la imaginación. Saludo de cortesía, cambio de ritmo para terminar de quebrar lo poco que les queda de moral, demostrando que la apuesta de “arrancar tranquilo, seguir constante y terminar fuerte” iba a pagar lo invertido con creces.

Luego del último puesto de hidratación, contando los kilómetros restantes con los dedos de una mano, la policía hace su aparición, no para castigarme por el algún desacato sino para marcarme el camino y liberarme el tráfico hasta la llegada.

“Venís quinto, no tenés a nadie atrás,
metele que vamos hasta la llegada,
sacá lo que te quede”

 

La voz de la ley y el orden nunca sonó tan autoritaria y tan placentera al mismo tiempo. Acompañado por la escolta policial, pude saborear una muestra gratis de lo que siente un elite cuando viene al frente. Es un plato que no se cocinar, pero del cual nunca voy a olvidar como se siente en el paladar. En 4 o 5 bocados y doblando un par de esquinas empiezan a llegar a mi nuevamente la música y la voz de los locutores, anticipando el arco de llegada escondido tras el Centro Cívico riocuartense. Última esquina, última acelerada, las vallas, las voces y los aplausos del público, mis manos en alto animándolos a que me animen, la sirena de la moto alertando mi presencia. Señor Oficial, léame los derechos y llame a mi abogado, que me declaro culpable de estar cruzando el arco de llegada con una sonrisa enorme y sintiéndome como UN FUCKING ROCKSTAR.

¿Como se le gana la pulseada a la soledad? Con compañía, por supesto, y afortunadamente tuve la infinita suerte de estar acompañado en cada momento, y no hablo del muchacho motorizado con capacidad para hacer arrestos. Se sobreentiende también que no tuve un keniata marcándome el ritmo toda la carrera, el acto de correr fue en absoluta soledad, como corresponde, pero cada paso hacia adelante fue propulsado por el cariño, el apoyo y el aliento de esas personas que siempre están. No importan las vueltas de la vida, siempre estuvieron, espero que siempre estén, y los quiero muchísimo. Mi papá, que se levantó temprano para llevarme a la largada, esperó paradito en el puesto de asistencia del kilómetro 17 con la cámara en la mano, 90 minutos después seguía ahí para verme pasar de nuevo pero 21 kilómetros mas viejo, luego al mejor estilo Tour de France se arrimó en el auto para ver si necesitaba algo y luego hizo el último acto de magia materializándose en la llegada para recibirme con el abrazo mas cálido y reconfortante, muestra de cariño que continuó en la forma de matambre y asado como medalla cárnica simbólica. Carla, que se bancó todo el ciclo de entrenamiento y los altibajos emocionales que sufre naturalmente un maratonista a medida que la presión, el cansancio, los nervios y los miedos salen a la superficie; que hasta el último minuto estuvo ahí presente con palabras de ánimo y que desde el primer minuto estuvo ahí para felicitarme e insistir en que está orgullosa de mi (a pesar de que soy un idiota el 80% del tiempo). Mi mamá, que se preocupó por mi durante toda la mañana, que lloró cuando la llamé y que a pesar de verme en fotos con 32 años y con una medalla colgada al pecho insiste en decirme bebé: para las madres no importan las distancias o las velocidades, ellas siempre nos van a ver gateando.

¿El resultado? Eso es lo de menos, quería compartir con ustedes lo importante: el recorrido. Como llegué hasta la carrera, como la transité, y quienes me acompañaron.

Así fue mi Maratón Río Cuarto Corre 2014
Gracias por leerme
Abrazo de Finisher!

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Esta crónica fue publicada originalmente
en el Blog de Medium de @fians4k:
Medium – Sintiéndome Profeta en Mi Tierra

Corredor. 13 veces finisher en Maratón. Mejor tiempo 3:05. Lector enfermo de todo lo que sea running, curioso y siempre con ganas de aprender. Letra y podcast en Running Blog.

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